Por María Alejandra Molina, Parroquia Inmaculada Concepción @marymolina95

Cuántas veces nos hemos acostumbrado a ver el lado negativo de las cosas, a observar de la peor manera las situaciones y dificultades que determinan nuestros días, pero aún más preocupante, nos catalogamos a nosotros mismos como personas incapaces de triunfar, seres que sólo nos conocemos a nosotros mismos desde la óptica de los propios defectos y vicios que nos minan. Lastimosamente en un ambiente cristiano malentendido, vemos que hay un cierto sentido de “humildad” y temor a la vanidad que  hace que no veamos con objetividad y verdad nuestros dones, talentos y cualidades y esto repercute en nosotros negativamente, no solo en el alcance de nuestras metas, sino en  nuestra capacidad de ¡SOÑAR!.

Y a ti joven que lees,  te digo que no cualquier sueño, un SUEÑO EN GRANDE, un ideal que lejos de ser fantasía o quimera es una forma de vivir en verdad, la verdad del amor que es Jesús. Una vez entendemos que somos obra de sus manos, sus hijos predilectos y con todas las posibilidades de ser felices, ya no sólo buscamos amigos, parejas, o compañeros de trabajo que nos valoren, sino que empezamos a auto valorarnos como esas perlas preciosas, que nacen del dolor pasado pero no se estropean, sino que encuentran en el sufrimiento ese trampolín necesario para brillar ante el mundo sin siquiera hablar de su valor, porque NADIE LO PONE EN DISCUSIÓN.

Fuimos creados por Dios como un prodigio: «Señor, Tú me examinas y conoces, sabes si me siento o me levanto, Tú conoces de lejos lo que pienso. Ya esté caminando o en la cama me escudriñas, eres testigo de todos mis pasos. Aún no está en mi lengua la palabra cuando ya Tú, Señor, la conoces entera. Me aprietas por detrás y por delante y colocas tu mano sobre mí.» Salmo 139. ¡Qué maravilloso sentirnos creaturas amadas y bien hechas! Porque verdaderamente hemos sido creados por amor y nuestro valor no radica en lo que tenemos, en títulos, honores, éxitos, en sentirnos más amados por los otros o más consolados por los eventos que pasan en nuestras vidas, porque a veces parece que tenemos que hacer mil esfuerzos para que nos quieran y valoren, cuando nuestro valor no está dictado siquiera por nuestro autoconcepto sino mejor: Nuestro valor nos lo da Dios Padre al amarnos. El no reconocerse creado es fuente de una visión que sólo ve el aquí y ahora olvidando que nuestro origen y destino es uno sólo: Dios, nuestro Padre y Creador. Hemos sido hechos a su imagen y semejanza, ¿cómo podríamos ser solamente oscuridad, imperfección y problemas? Es verdad que en la vida hay momentos de oscuridad donde vemos nuestras heridas, carencias y limitaciones además de los defectos y carencias de los que nos rodean, pero a veces dejamos que esto opaque la luz que hay en nosotros y a nuestro alrededor.

Primero debemos hacernos conscientes que cuando el corazón está herido, éste, ama de la única forma que sabe hacerlo y generalmente no es la más sana o adecuada y acaba por dañarse a sí mismo y dañar a quién más ama. Después la voluntad se enferma y bueno, ya sabemos lo que sigue, un círculo vicioso de ires y venires en dónde le reclamamos al otro que no nos da el amor que esperamos cuando nosotros no pensamos en dar incondicional y libremente amor a los demás porque nuestras heridas nos condicionan a recibir en demasía sin servir.

Dios te dice hoy que te regala esta etapa en la que puedes purificar tu intención, puedes trabajar por ti y darte ese regalo de sacarte el mayor brillo a esa perla que es preciosa pero que no ha reconocido lo que vale. Es la oportunidad de abrirte al amor de Dios, a su sanación, para entregarte a Él, a ti mismo y a los demás, es un acto de madurez y profundo amor hacia ti y hacia esa persona para quien un día tú serás lo más valioso e importante.  

En una ocasión cuando hablaba con una persona que no encontraba nada bueno en una situación que me compartía, entendí que cuando el dolor o la frustración nos nubla, es muy fácil quedarse en lo malo, en la herida antes que salir de ella y sanarla; y mientras no entendamos esto, Dios siempre estará viendo como nos autodestruimos requiriendo de Él, de nuestros amigos, confidentes y parejas esa lástima que alguien que te ame sinceramente no sentirá por ti.  Pero eso no te lo tiene que demostrar nadie, tú eres el que debe convencerse de eso por tu dignidad como ser humano y porque Dios pagó un altísimo precio por llevarnos tatuados en su corazón, un precio de sangre, de cruz. Ojalá también nosotros estemos dispuestos a pagar el precio de llevarlo a Él tatuado en el nuestro. Con cada oración por el prójimo, cada obra de misericordia, cada sonrisa que regalamos en ambientes de tensión y egoísmos, esa es la sanación que Cristo nos regaló. 

Hoy debes tomar la decisión de si resaltas la parte luminosa que hay en ti y en quiénes te rodean, concentrarte en ella para poder iluminar sus tinieblas, buscar la luz y la gracia que Dios ha puesto en ti para superar tus limitaciones y temores; o simplemente quedarte en lo negativo, como mecanismo de defensa y cavando así más profundo un hoyo en tu alma, dejando un vacío que no llenarán otras personas, otros momentos, lugares, actividades; solo lo llenará DIOS.

Escucha una y mil veces la palabra de Dios que te dice: “Eres precioso a mis ojos y te amo” (Is 43, 4). En este mundo en el que vivimos en pandemia de egoísmo e injusticia constante, en donde podría afirmar que en la calle vemos heridos por doquier, ¿Cómo podemos mantener la alegría profunda? ¿Cómo puedo sentirme amado si he sido tan herido? ¿Dónde estaba Dios cuando me lastimaron?. Aquí es donde la perla saca a relucir su valor y da frutos de amor, de aprendizaje, de abnegación y alegría justo cuando ya no esperábamos que algo bueno pudiera ser fructífero en un corazón lastimado. Esa gratitud es una alabanza del alma que reconoce a su Creador (Dios) en cualquier momento y circunstancia. Un corazón agradecido, es un corazón adorador, aprendamos a dar continuamente gracias:

  • Gracias porque el dolor nos hace más humildes, compasivos, misericordiosos y menos prejuiciosos.
  • Gracias porque el dolor es tan saludable en la vida como lo es la tristeza ya que es una alerta de que algo en nosotros se ha desacomodado y necesita atención.
  • Gracias porque el dolor nos hace más sabios.
  • Gracias porque Dios confió en nosotros al permitirnos pasar por esas pruebas.
  • Gracias porque cuántas veces el dolor ha sido ese despertador que necesitábamos de esa vida dormida que llevábamos.
  • Gracias porque al final eso que se nos presentó con tan mala cara resultó ser una bendición.
  • Gracias por la fortaleza que sale cuando se pasa por momentos difíciles. 
  • Gracias porque el dolor se puede convertir en fuente de inspiración. Porque lo que hoy es nuestra prueba, mañana será nuestro testimonio. 

Y así la lista podría continuar. Aquí lo siempre importante es que ese “gracias” sea una constante en nosotros, un estilo de vida, un innegociable que haga parte de nuestro esquema de valores.

Ahora, todo lo que nos sucede cobra un nuevo sentido, tiene un significado trascendente, infinito, sobrenatural. Sabemos que la perla es el resultado de un proceso de dolor que se genera al interior de la ostra por un grano de arena o cuerpo extraño, y luego al cubrirse de nácar, se forma tal cual le conocemos. Así mismo, en el alma, Dios saca una perla de aquella herida, nos cubre con su amor y nos hace brillar. Nuestros sufrimientos nos redimen y nos llevan a una nueva vida, a una eterna, al cielo; porque nuestros pasaportes dicen como cristianos: Ciudadanos del cielo y allá habremos de volver si nos esforzamos en ello.